Tuesday, October 27, 2009

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Monday, December 15, 2008

Guiburc, La Princesa Sarracena. Tomás V. Richards

En la estructura narrativa del Cantar de Guillermo podemos señalar dos espacios bien delimitados, dentro de los cuales se desarrolla gran parte de la acción. En primer lugar, ya que se trata de un cantar de gesta, ubicaremos el espacio del campo de batalla. En él reinan el padecimiento y la crueldad, materializados en la sed, el hambre, la violencia y, por supuesto, la muerte. El varón, el guerrero, es el protagonista en esta escena y, en este caso, Guillermo es quien encarna el papel principal, situándose en el centro de la acción, ya sea por su propia actuación o por su ausencia.

Frente a este espacio de crueldad –aunque también de heroísmo- se alza otro más benigno y calmo: el muy doméstico y femenino espacio del castillo. Allí todo padecimiento conoce su fin y se da consuelo a toda pena; es el lugar del reposo y la saciedad anhelados por el guerrero. Guiburc, la princesa sarracena, es quien lo gobierna; a ella acude Guillermo desconsolado, a ella también acuden los demás caballeros.

En un principio, Guiburc aparece como la esposa tierna y servicial, la hermana, la dulce amiga de Guillermo; una princesa musulmana devenida en su cristiana esposa. Sin embargo, ante la figura de su esposo, Guiburc no resulta todo lo dócil que podría suponerse. Su papel en el relato, además del de compañera de Guillermo, es otro.

En la tirada LXXXIII, Guillermo aparece abatido, derrotado y cansado por un combate, y se muestra reacio a acudir en ayuda de Vivien. Guiburc, entonces, llora y le implora que preste su ayuda a Vivien. Guillermo accede a su pedido.

En este pasaje comienza a entreverse el papel que ha de jugar Guiburc en esta historia: ella es quien mueve a la acción a Guillermo y también quien en definitiva mueve la acción de la trama. Éste es un rasgo fundamental de Guiburc, el de promotora de la acción. A lo largo del poema veremos que será ella la que le imprima fuerza a la acción dubitativa de Guillermo.

Quizá, las tiradas C y CI expliquen un poco la idea expuesta. En ellas, Guiburc llora ante Guichard muerto. Entonces, Guillermo se lamenta, se llama a sí mismo cobarde y promete abandonar la vida guerrera. Guiburc lo escucha y al instante olvida su pena; luego reprende a Guillermo con duras palabras:

Prefiero que mueras en Larchamp del mar a que deshonres tu linaje y seas reprobado por tus herederos después de tu muerte.”

Enseguida Guiburc solicita permiso a Guillermo para mentir a los guerreros y organiza una nueva acción contra los sarracenos.

De este pasaje podemos extraer varios elementos que nos orienten en la identificación de las características de Guiburc. En primer lugar, con su reprimenda a Guillermo ella se erige en conciencia épica de éste, al recordarle su deber como héroe e impulsarlo a la acción heroica. Este tipo de actos constituyen su sutil modo de gobernar el espacio del castillo.

Pero Guiburc no sólo se erige en conciencia del héroe del cantar sino que también se hace dueña de algunos otros atributos del héroe épico: la astucia y el poder de conducción. Su mentira es una mentira dicha con astucia, planificada y dirigida a un fin heroico, es un acto digno de Odiseo. Además, al organizar ella misma el nuevo ejército de Guillermo, muestra su dote de conductora, cualidad caudillesca inusual en un personaje femenino1.

En estas dos tiradas (C y CI), Guiburc alude al linaje de Guillermo, apelando a él para recordarle su deber. Este es el segundo elemento que podemos extraer para describir en parte a Guiburc. El tema del linaje representa un punto de conflicto entre Guiburc y Guillermo que marca diferencias entre ellos. Por un lado estará Guillermo, que pretender eludir el compromiso con su linaje; por el otro estará Guiburc que lo atraerá hacia el cumplimiento de ése compromiso.

Este tema es, quizá, el elemento clave para comprender el significado de una tirada poco clara del poema, la LXXXV. Allí, Guiburc observa a Girard comer y, sorprendida por su gran apetito, comenta a Guillermo su impresión de que Girard es digno de pertenecer a su linaje. Guillermo, aparentemente sin causa alguna, reacciona negativamente ante el comentario. La explicación del hecho podría radicar en que, con su frase, Guiburc se constituye en guardiana del linaje guerrero de Guillermo, al mandato del cual él desea rehuir.

En varias oportunidades más, Guillermo reprochará a Guiburc su asunción del rol de guardiana del linaje, si bien nunca directamente. Así, en la tirada XCVIII, se dará el siguiente diálogo entre ambos:

Guiburc, ¿desde cuándo vigilas mi puerta?

A fe mía, señor, lo hago desde hace poco. Señor conde Guillermo, traes muy reducida tropa.”

Este papel de guardiana del linaje coincide con el papel de señora del castillo. El castillo es su espacio y lo custodia celosamente, ocupándose de todo dentro de él, acompañando a los guerreros hasta la puerta o recibiéndolos en ella, sosteniéndoles los estribos para que monten y dejándolos partir, segura de que cumplirán con su deber.

Estos dos aspectos de la personalidad de Guiburc confluyen simbólicamente en la tirada CXL, cuando ella no deja entrar a Guillermo en el castillo. Ella recuerda qué clase de hombre debe ser Guillermo y no lo reconoce; éste se da cuenta de que está siendo puesto a prueba y regresa al combate.

Para concluir con el tema del linaje, retomemos lo señalado por Joaquín Rubio Tovar en su introducción al Cantar de Guillermo: “Guillermo y Guiburc no tienen descendencia. Se trata de una anomalía en el mundo feudal {…}, en el cual una de las preocupaciones del señor es tener un heredero que asegure la continuación del linaje”. Este aspecto de la cuestión resulta ilustrativo a la hora de pensar la negación de Guillermo al mandato de su linaje; las causas de esta negación podrían ser más profundas de lo que dejan suponer los dichos de Guillermo a Guiburc, que a veces pasan por ser las excusas de un cobarde o de un hombre vencido.

Retomando el rol de Guiburc como impulsora de la acción en el relato, podemos aventurarnos en una explicación de la figura de Renuard, su hermano, quien cumple un papel similar al de ella. Renuard es como una especie de prolongación masculina de Guiburc, quien, de este modo, puede irrumpir y actuar en un espacio que no le es propio, el del campo de batalla. Así es que vemos a Renuard despertando a los caballeros y empujándolos hacia la batalla con amenazas e insultos; matándolos, si es necesario, para que peleen.

Por último, recordemos que, además de proteger el linaje de Guillermo y regir el espacio amable del castillo, Guiburc cumple otras funciones: se encarga de la comida y la atención de su señor y los demás guerreros, llora a los muertos, consuela a su esposo y se encarga de la educación de sus sobrinos. Además, su origen sarraceno no es olvidado y la reina llega a atribuirle cualidades de bruja:

Guiburc nació pagana. Conoce muchas tretas y malas artes, conoce las hierbas y sabe preparar bebedizos.”

Sin embargo, por allí por la tirada CV, el poeta deja caer una definición de Guiburc bien distinta:

No hubo ninguna mujer en toda la cristiandad que sirviera y honrara igual a su esposo, ni en exaltar la santa cristiandad ni en observar y defender la ley.”

Ambas descripciones parecieran contradecirse. Pero no existe tal contradicción: Guiburc, ése personaje tan particular y polifacético, es capaz de contener, a la vez, todas ésas cualidades.

1 Si bien siempre debemos de recordar a Santa Juana de Arco, Patrona de Francia.

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Wednesday, July 2, 2008

Imagen e identidad en La Doncella Manca

 

El don que el rey de Hungría concede a su esposa al comienzo de La doncella manca (Philippe de Rémi; manuscrito del siglo XIV) desemboca, más adelante, en un descubrimiento desafortunado y terrible: la única mujer habilitada para casarse con el recientemente enviudado rey es Joie, su propia hija. Esto se debe a que ella es la única persona semejante en todo a la difunta reina.

      Vemos, entonces, como Joie aparece en el relato como la imagen de otro personaje; es decir, como alguien cuya identidad no le pertenece enteramente. Esta identidad heredada es la que le otorga los atributos necesarios para cumplir con el requerimiento de la corte de obtener heredero varón para la corona. Pero, sin embargo, desde un principio Joie parece no compartir los valores y objetivos de la corte. Para ella, obtener un heredero varón no representa una prioridad, y el don que ata a su padre no es inviolable como sí lo es para él. Lo único que Joie considera inviolable es la ley divina:

“…deberíais arrepentiros por haber otorgado a mi madre este juramento, porque es una insensatez. Casaos con quien os convenga. {…} jamás cederá mi corazón para entregarme a mi padre: quien pierde el alma, todo lo pierde.”

      Así, Joie manifiesta su adhesión a los valores cristianos que prohíben el incesto y que se encuentran en tensión con los intereses del que, hasta el momento, ha sido su mundo: la corte y su padre. Para no cumplir con los mandatos de este mundo, Joie deberá renunciar a él dejando de ser la imagen de su madre. Acontecerá, entonces, la mutilación: la amputación de su mano.

      Con esta amputación, Joie pierde a sabiendas su identidad y comienza un largo viaje en busca de una identidad acorde con sus valores espirituales. El viaje de que hablamos no será únicamente material sino también de carácter simbólico. De hecho, las descripciones y datos que se nos proporcionarán de los viajes de Joie presentan un notable contraste con los de los viajes realizados por otros personajes de la obra. Señalemos, a modo de ejemplo, la corta duración de los viajes de Joie, la escasa o nula información geográfica que se da de estos y la inverosímil duración de las escasísimas provisiones con que cuenta Joie.

      Al llegar a Escocia, Joie encontrará parcialmente la identidad buscada. Allí recibirá el nombre de Manekine, en alusión a la falta de su mano, y se casará con el rey de Escocia, lo cual le permitirá llevar una vida acorde a sus principios espirituales, éticos y morales.

      Sin embargo, durante toda su estadía en Escocia su pasado gravitará negativamente sobre ella, arrojando constantemente un manto de duda acerca de su pureza espiritual y su merecimiento para ocupar el trono. Ya sea desde su nuevo nombre o desde la justificación de las acciones en su contra por parte de la reina madre (quien a sus expresiones de hostilidad hacia Joie siempre agregará el comentario de que encima es manca), su defecto físico se convertirá en obstáculo para su tranquilidad y para la completa obtención de su identidad.

      Pero, si bien el mundo escocés recibirá a Joie amigablemente, pronto sus valores de comunidad chocarán con los valores cristianos de ella. El conflicto surgirá cuando su esposo, el rey de Escocia, decida ir a Francia a participar de los torneos esgrimiendo como excusa la defensa de su honor:

“-Dulce y noble amiga, un caballero tiene que ir a Francia para tornear. Eso no os debe enojar.

-¿Enojar? Me asombra vuestro proyecto. Verdaderamente, no tengo motivo para alegrarme.”

      Aquí se separarán los esposos; los guían diferentes principios. Luego advendrá la traición de la reina (cuya mentira acerca del alumbramiento de una criatura horrorosa por parte de Joie se torna creíble a causa de la condición de manca de ésta y de su pasado misterioso) y la condena a muerte de Joie.

      Con respecto a esta tensión entre valores opuestos, Christiane Marchello-Nizia señala que algunos de los acontecimientos desafortunados que le suceden a Joie (v. gr., su segunda condena a muerte) tienen lugar justo antes de Cuaresma, es decir, en carnaval. Podría afirmarse, entonces, que las desgracias de Joie coinciden con el tiempo de vísperas de duelo del cristianismo, al cual ella pertenece y adhiere, y, a la vez, coinciden con el tiempo festivo del mundo con el que ella está en contradicción.

      Cuando Joie es arrojada al mar por segunda vez, el senescal quema en la hoguera una imagen tallada de Joie. Este es el acto simbólico por el cual los lazos de Joie con Escocia se rompen para que ella continúe con su búsqueda de identidad.

      Recordemos que al comienzo del relato Joie “recitaba todas las oraciones que sabía ante una imagen que en realidad era un retrato de ella misma, una talla que la representaba con perfecta semejanza”. Ésta es la imagen con la que Joie se identifica, la que persigue: una imagen de santa que posee ambas manos. Por lo tanto, su identidad no puede completarse mientras sea manca; mientras sea la Manekine no será ella misma. Este cambio final acontecerá en Roma.

      Esta ciudad será el lugar en que Joie, finalmente, encontrará su identidad. Este encuentro estará marcado por tres acontecimientos relacionados entre sí: el arrepentimiento del rey de Hungría, la develación del pasado de la Manekine y la recuperación de la mano.

      El primero de estos acontecimientos, el arrepentimiento del rey de Hungría, implica la reconciliación del mundo cortés que el rey representa con los valores cristianos a los que adscribe Joie. Es un triunfo de Joie porque es el mundo el que accede a unirse a las creencias de ella.

      La aparición del rey de Hungría en Roma trae aparejada la develación del pasado de la Manekine. A partir de este momento no será posible dudar de los méritos de Joie para ocupar el trono ni del origen de su defecto físico, que, con el conocimiento de la verdadera causa, adquiere un carácter noble.

      Pero sin la mano, Joie continuará siendo la Manekine. Es necesario que el Papa le devuelva, milagro mediante, su identidad. La unión de la mano al cuerpo recompone la identidad espiritual de Joie. Esta vuelta a la vida de Joie, por si hacían falta más simbolismos, sucede en vísperas de las Pascuas de Resurrección.

      Finalmente, la nueva Joie deviene en reina de las tierras de Escocia, Gales, Hungría y Armenia. El imperio de sus

valores se extenderá sobre ellas.

Tomás V. Richards

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Tuesday, May 13, 2008

La muerte y el destino en Beowulf

 

La muerte es un elemento prácticamente omnipresente en Beowulf, casi no hay página en que no se la mencione. De tanto “material” pueden extraerse las ideas o concepciones que el poema sostiene acerca de la muerte.

   Para comenzar digamos que no hay en Beowulf un único tipo de muerte; la muerte está relacionada con el personaje que la enfrenta y, en general, es algo que se merece: el modo de morir corresponde con el tipo de vida que uno ha llevado. Así, no es igual la muerte de un héroe que la de un monstruo o que la de una persona común.

   Para el pueblo, para la gente común (a la que no se le da nombre ni se la dota de individualidad) la muerte es una amenaza, generalmente causada por un monstruo que ataca, con o sin motivo, a la comunidad. No hay en este tipo de muerte una idea de realización de un destino sino más bien la idea de un destino truncado, que se vería realizado con una apacible muerte acaecida en la vejez. Es decir que aquí la muerte es una calamidad, un problema que el rey debe resolver con ayuda del héroe.

   Al comienzo del poema observamos como Beowulf llega hasta el Hérot en ayuda del rey Hrodgar, quien soporta desde hace años los ataques de Gréndel, un monstruo furioso que gusta de matar a sus súbditos. Luego, la madre de Gréndel mata a otro hombre y Beowulf va en su búsqueda. Al final del poema, Beowulf, héroe y rey, va en busca del dragón para defender a su pueblo.

   Vemos, entonces, cómo la muerte infligida a los pueblos actúa como introductora de las tres aventuras del héroe. Ellas son la justificación del accionar de Beowulf.

   Quienes también sufren la muerte son los enemigos del héroe y siempre de manos de él. Su muerte representa un bien para la comunidad y se presenta como algo que tiene que ver con el cumplimiento de un destino porque, si bien el héroe se carga de gloria al darle muerte a su enemigo, hay algo en el hecho que lo trasciende. Es como si la muerte del enemigo fuese un castigo de Dios por su mal accionar. Luego del combate con Gréndel, Beowulf dice:

 

                                          Así ha de aguardar

el sangriento enemigo   la dura sentencia

que el Dios luminoso    le quiera imponer.

 

   Es curioso notar que la muerte de los tres enemigos de Beowulf se produce en espacios que están vedados a la vista de la mayoría de los seres humanos. Ningún enemigo muere frente a la comunidad: Gréndel huye y muere en su ciénaga y es allí donde Beowulf mata a su madre, y el dragón muere dentro de la cueva. Allí a donde pertenece el enemigo es donde debe dársele muerte. Esto, quizá, entrañe un mérito mayor para el héroe que si lo matase en un terreno más favorable a él. La muerte de la madre de Gréndel es, sin duda, más gloriosa para Beowulf que la del mismo Gréndel porque es más peligroso llevarla a cabo.

   Por último, está la muerte del héroe. Esta está relacionada con el cumplimiento de un destino y la obtención de la gloria.

   Éste destino es siempre previamente aceptado por el héroe, generalmente mediante un parlamento dirigido a otros. Antes de combatir a Gréndel, Beowulf dice a la reina Welto:

 

Decidí firmemente    al hacerme a la mar,

cuando al barco viajero   subí con mis hombres,

o bien terminar   con el mal de tu pueblo

o bien perecer    y en las garras feroces

quedarme sin vida.   ¡Yo sabré realizar

una hazaña gloriosa   y, si es de otro modo,

en la rica morada    la muerte hallaré!

 

   Ésta relación con la muerte concuerda con el ideal heroico de la épica medieval, explicado por Cecil Bowra en El héroe:

Cuando cae de este modo, su vida se vuelve completa y acabada, como difícilmente podría suceder si alcanzara una serena ancianidad.

   Lo notable de Beowulf es que alcanza una serena ancianidad. La última parte del poema lo presenta como un rey viejo. Su llegada al trono también se produce gracias a una muerte: la del rey; de modo que aquí la muerte actúa como disparadora del desenlace del relato.

   Pero Beowulf, a pesar de ser rey y anciano, sigue adscrito al ideal heroico. En cuanto el problema del dragón toca a sus puertas, Beowulf se pregunta “si no habría violado las leyes eternas, así enfureciendo al Señor Poderoso” y decide dar cumplimiento a su destino de héroe. Beowulf sabe que la del dragón será su última aventura y, por su orgullo de héroe, comete lo que Bowra llama error trágico al no querer enfrentar al dragón con muchos hombres. Este concepto de error trágico hace referencia a una decisión que el héroe debe tomar en un momento determinado de su itinerario entre diversas acciones posibles que conllevarán su ruina.

“El error trágico parece ser inherente al temperamento heroico y genera algunos de sus más conmovedores y espléndidos momentos.”

   Allá va, entonces, Beowulf, casi solo, al encuentro del dragón y de la muerte, que se tiñe de gloria y triunfo porque el dragón también cae muerto.

   El narrador del poema parece adherir también a este ideal heroico cuando nos dice:

                                       ¡Es así como actúa

aquel que en la lucha    se quiere ganar

duradero renombre:     desprecia su vida!

   Pero junto con Beowulf, muere su reino. Beowulf recibe la muerte del héroe pero su papel de rey queda trunco: no ha dejado descendencia y su reino caerá en manos ajenas. La guerra entre gautas y suecos señala la decadencia de la comunidad y, por ende, su muerte.

   Beowulf recibe los funerales dignos de un hombre de su talla. Así concluye el poema. Es el fin de un ciclo: en el comienzo se narran las peripecias de otro funeral, el de Skyld, fundador de la dinastía skyldinga que muere con Beowulf.

Tomás V. Richards

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Tuesday, February 19, 2008

Respecto el Anillo de Giges y el Anillo Tolkeniano

NOTA:

NOS DISCULPAMOS POR EL FORMATO EN EL CUAL SE PRESENTAN LAS “NOTAS AL PIE”. HEMOS PREFERIDO ESTE MEDIO AUNQUE OBLIGUE AL LECTOR A CLIQUEAR EN LA LLAMADA PARA LEER LAS ANOTACIONES.


No empezaremos estas consideraciones recordándoles el mundo tolkeniano. Sería extendernos en demasía y además se alejaría de las simples pretensiones del presente artículo.

Comenzaremos por señalar la relación que consideramos clara entre el mito platónico del Anillo de Giges, desarrollado por el filósofo en su República[1] y la situación constante que vive Frodo Bolsón respecto el Anillo durante los seis libros que completan El Señor de los Anillos.

No se inicia (al menos espacio-temporalmente) la temática del Anillo en el primer tomo de The Lord of the Rings, sino que debemos marcar como punto de partida a El Hobbit, que narra los periplos de Bilbo Bolsón.

Tolkien nos ofrece dos personajes puntualmente relacionados con el Anillo: el propio Frodo y Smeagol/Gollum. Ambos influidos por el mismo y ambos cambiados radicalmente por la presencia terrible del Anillo.

Platón, tomando el relato de Heródoto en Historia[2][3] sobre Giges (Γύγης), hace propia la cuestión y la utiliza para demostrar la importancia del testigo en materia ética.

En palabras de Werner Jaeger:

“el mito platónico del Anillo de Giges en la República ilustra de la manera más impresionante la importancia ética de los testigos. Platón pregunta si un hombre obraría justamente por su propio libre arbitrio si poseyese un anillo mágico que lo hiciese invisible”.[4]

Ahora bien, coincidiendo absolutamente con el gran profesor alemán, avanzaremos unas palabras dentro del campo argumental que propone Platón.

El relato platónico de Giges se coincide en varios puntos con el de Heródoto (la cuestión del asesinato del rey, la relación con su esposa, etc.) aunque el Filósofo apunta hacia sentidos diferentes de los que pretende el Historiador.

Platón avanza en la descripción de la situación de Giges (esta vez un pastor que se hace con un anillo que le otorga invisibilidad) solo con motivo de ilustrar la cuestión de la justicia y la injusticia en el acto humano. Y es aquí donde relacionamos al personaje platónico con los dos tolkenianos.

Decimos dos pues no podemos obviar a Gollum, victima terrible del poder del anillo, culpable solo en su situación de “hombre” (en contraposición a un “dios” en el sentido que le da Platón al término en los pasajes que tratamos de la República[5]: “como un dios”, sicut).

Y es esta la cuestión a tratar en esta oportunidad: la relación entre el anillo platónico con Giges (ejemplo de hombre) con el anillo tolkeniano.

Giges no deja de ser un pastor rústico, un simple hombre que, viéndose impune gracias a la invisibilidad (alegoría obvia) proporcionada por la sortija se debate entre el bien y el mal, optando por este último.  No es lo que interesa el desenlace oscuro para Platón sino la cuestión de lo justo y lo injusto. De la imposibilidad de separar lo uno de lo otro si se estuviera en una situación análoga a la del pastor aventajado por el destino.

La posesión del anillo mágico es terrible, proporciona impunidad y posiciona a su portador fuera de la ley de manera irremediable. No interesa ya que es lo que haga en tal situación pues el destino de quien se ubica por fuera de lo humano es el de un dios o el de una bestia (recordando a Aristóteles). Una bestia ajena a lo humano, a lo social, a la cultura o, un dios, omnipotente o al menos con mayores prerrogativas que las de un hombre.

En Tolkien se producen efectos análogos con particularidades que deben ser remarcadas.

Dijimos que Gollum es victima pura, absoluto sufriente por la posesión (temporal por ser humano) del poder del Anillo que opera en él una especie de transfiguratio ad infera. Cambio permanente que lo torna Gollum y lo despoja de Smeagol.

El itinerario de Gollum desde “El Hobbit” hasta el desenlace del Señor de los Anillos es irremediablemente trágico. Su muerte absurda no es más que la expresión última de su situación terrible. Podría decirse que es el triunfo absoluto del Gollum creado por el Anillo, y el sucumbir final del pobre Smeagol.

Aquí notamos entonces ciertas diferencias con Frodo. Smeagol es un personaje pusilánime. Incapaz de nada. Neutro en lo más chato que el término permite. Frodo es neutro en otro sentido: es un Hobbit, un simple Hobbit, pero signado por la herencia de su tío y dotado de cualidades (extrañas a su persona individual) como son La Fraternidad del Anillo y Sam Sagás.

Frodo cuenta  con la imposición de una empresa con sentido superior para soportar la fuerza del Anillo: triunfar sobre el mal personificado en Sauron y plurimanifestado en las fuerzas y potestades de Mordor. La Fraternidad del Anillo, la alianza de los hombres, los elfos, los enanos y los entes, la Alianza  ”de lo bueno” proporciona al simple Hobbit un soporte que Smeagol no posee ni poseyó. El triunfo sobre la impunidad proporcionada por el Anillo se basa en tal alianza.

El otro factor, como hemos dicho, es Sam Sagás. Que ofrece durante todo el periplo su amistad a Frodo, pero que es, asimismo, signo visible de la empresa sublime en la cual se encuentra, y de la alianza con las potestades de “lo bueno”.

Giges es un hombre solo, simple. Abrumado por la posesión del Anillo solo puede cometer ὕϐρις (“justiciera” o injusta). La sortija lo despoja del mundo de los hombres. Al igual que Gollum, a diferencia de Frodo, que soporta la fuerza de la sortija justamente gracias a la posesión de una cualidad que lo relaciona íntimamente con lo humano, la amistad ciceroniana de Sam y el vínculo fraternal (en el sentido latino del término fraternitas) con sus compañero de empresa.

La exposición de Glaucón en la República de Platón muestra la relación entre la Justicia y el hombre. La idea tolkeniana del Anillo proporciona similares bastedades semánticas aunque dota a la humanidad (resumida o ampliada, como se prefiera, en “las fuerzas del bien”) de la potestad de ofrecer cobijo al portador del anillo.

El Giges de Glaucón/Heródoto sucumbe ante la ὕϐρις de manera irremediable (para ser castigado posteriormente), pero el Frodo tolkeniano supera la impunidad. Sale de lo estrictamente humano para volver a ello. Escapa de la chance de ser un dios (en el sentido sarcástico antes dicho que da Platón al término en el caso puntual) y de la ὕϐρις castigable.

Podríamos decir entonces que ante la temible presencia del Anillo (paradoja constante en Tolkien de lo bueno y lo malo, del poder neutro y de lo que corrompe al mismo tiempo de ser la única posibilidad del triunfo del bien por medio de su destrucción misma), lo que sostiene al hombre en la σωφροσύνη es la humanitas operante sobre él.

σωφροσύνη o mesura representada por Sam Sagás que influye en silencio, o a viva voz sobre el simple Frodo para la consecución de su gran obra.

Esperando sus consideraciones a las nuestras,

Vale,


 El Tostador.-

NOTAS:



[1] Platón. República 359d

[2] Heródoto. Historia Libro I, Capítulo VIII en adelante.

[3] No utilizamos la forma más común de llamar a la obra de Heródoto (Los Nueve Libros de la Historia) por ser ajena al título original (Historia) que evoca el sentido  griego del término: investigación. Término a su vez relacionado en su raíz con histeria o desenfreno (ὕϐρις) o más acertadamente para este caso puntual: pasión.

[4] Jaeger, Werner. La Teología de los Primeros Filósofos Griegos. Fondo de Cultura Económica. Méjico. 2003. Página 185.

[5] Platón. Op cit. 360 c.

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Friday, February 15, 2008

The Conclusion


 

Diría un amigo mío, que cuando uno nace llora, mientras los demás ríen. Vivamos de manera tal que cuando muramos, sea uno el que ría, mientras los demás lloran.

Memento homo… los dejamos con un poeta inglés (y la imperfecta traducción para quienes lo necesiten, espero que nadie), quien en unos delicados versos, expresó, del Tiempo, su misión, y de nuestra carne, su destino.- 

The Conclusion

Even such is Time, that takes in trust

Our youth, our joys, our all we have,

And pays us but with earth and dust;

            Who in the dark and silent grave,

When we have wander’d all our ways,

Shuts up the story of our days;

But from this earth, this grave, this dust,

My God shall raise me up, I trust.

__________________________________


Así justo es el Tiempo, que dispone

Nuestra juventud, nuestro gozo, lo nuestro todo,

Y así nos paga, con tierra y polvo;

            Quien en la oscura y silenciosa tumba,

Cuando hemos desandado nuestros caminos todos,

Concluye el discurrir de nuestros días;

Pero de esta tierra, esta tumba, este polvo,

Ha de alzarme mi Dios, yo creo.


Sir Walter Raleigh

Demódoco.-

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Thursday, November 29, 2007

Estado y Belleza en Hölderlin. Un esbozo

                                                                                                                                                          Tomás V. Richards 

   Tomemos el siguiente fragmento de El más antiguo programa de sistema del idealismo alemán, de Hölderlin:

   “La idea de la humanidad primero -quiero mostrar que no hay idea de Estado, porque el Estado es algo mecánico, como tampoco hay una idea de máquina. Sólo lo que es objeto de la libertad se llama idea. ¡Tenemos, pues, que ir también más allá del Estado! - Pues todo Estado tiene que tratar a hombres libres como engranaje mecánico; y esto no debe hacerlo; por lo tanto debe cesar“.

   Aquí Hölderlin da por existente el mundo de las ideas descripto por Platón. A este mundo inteligible, que tiene su correlato en el mundo sensible, pertenece “sólo lo que es objeto de la libertad”, lo que posee la capacidad de ser libre. Así, existe la idea de Naturaleza, de Humanidad, de Hombre. Pero para Hölderlin no hay idea de Estado[1], puesto que el Estado es algo mecánico que forma parte de la obra del hombre. Lo mecánico deriva de la máquina, y tampoco hay idea de máquina. El Estado -tal y como lo conoce Hölderlin en una Alemania incipientemente capitalista- somete a los hombres a su funcionamiento mecánico, de lo cual resulta que los hombres se vuelven engranajes. Esto, según el poeta, no debe ser, “debe cesar“.

   Ahora bien, sostener que no existe idea de Estado, que no hay Estado ideal, equivaldría a decir que el Estado existente en el mundo sensible no es correlato de ninguna idea de Estado. En ese sentido podría interpretarse el siguiente fragmento de Hiperión:

   “Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno.

   El Estado no es más que la ruda corteza que envuelve el meollo de la vida. Es el muro que rodea el jardín de los frutos y flores humanos”.

   No hay Estado celeste. El Estado aparece como fruto de la obra humana, “la mísera obra humana de Estado, Constitución, Gobierno, Legislación” que, justamente, limita al hombre capaz de ser objeto de la libertad. Pero, entonces,  ¿qué es lo que hay más allá del Estado?, ¿cuál es la idea a la que se subordina el Estado?

   Más adelante, en El más antiguo…, Hölderlin agrega:

   “De suyo se ve aquí que todas las ideas de paz perpetua, etc., sólo son ideas subordinadas a una idea más alta. (…) Finalmente la idea que lo une todo, la idea de la belleza, tomada la palabra en sentido más alto, platónico. Estoy convencido de que el más alto acto de Razón, en cuanto que ella abarca todas las ideas, es un acto estético, y de que la verdad y el bien sólo en la belleza están hermanados”.

   Todo se subordina a la idea de belleza. Esta belleza es trascendente, no es del orden de lo sensible (por eso Hölderlin aclara que el término debe ser interpretado en sentido platónico) aunque tiene su manifestación en ese orden. Hiperión dice: “sin tal amor a la belleza, sin tal religión, todo Estado es un flaco esqueleto sin vida ni espíritu, y todo pensamiento y toda acción un árbol sin copa, una columna tronchada”.

   Por lo tanto, el Estado, obra humana, mecánica, si es colocado como cielo se convierte en infierno[2] y convierte a los hombres (que poseen la capacidad de ser libres) en engranajes. Entonces, el Estado debe subordinarse a esa realidad trascendente del mundo de las ideas regida por la belleza, “para que mejor en la tierra/habite la belleza y algún espíritu/con más comunidad se una a los hombres”. Sólo en la medida en que el Estado se oriente hacia la belleza podrá garantizar el bien y la verdad a los hombres, puesto que estas dos ideas, al igual que todas, están subordinadas a la belleza en el orden trascendente.

   En la época de publicación de Hiperión (fines del S. XVIII), la experiencia revolucionaria aparecía como vía posible de transformación del Estado y la sociedad. La experiencia de la Revolución Francesa era vista con declarada admiración en los círculos universitarios europeos, en los cuales se leía con fruición a Rousseau y a los filósofos de la Ilustración. Los románticos alemanes, entre los cuales se cuenta a Hölderlin, no escaparon a dicha influencia, bien que matizada por la influencia de Kant. En la novela esa experiencia revolucionaria está representada negativamente. La revolución independentista de Hiperión fracasa y acaba convertida en pillaje y matanza muy a su pesar. Hiperión queda decepcionado.

   Asímismo, los jacobinos de la Revolución Francesa, a quienes Hölderlin repudia[3], aparecen representados en los hermanos de la Liga de Némesis, los amigos de Alabanda. Esta representación también es negativa; los hermanos de la Liga tienen aspecto lúgubre y siniestro (“La calma de sus rasgos era la calma de un campo de batalla”), sus ideas son de mismo tenor: “no necesitamos ni el corazón ni la voluntad del hombre (…) todos los vicios y todas las virtudes de la barbarie y de la cultura están, aunque no a sueldo nuestro, sí a nuestro servicio, y colaboran ciegamente en la consecución de nuestros fines”. Esa idea de lo mecánico como opuesto a la libertad del hombre está presente en los hermanos de la Liga de Némesis, quienes bregarían por un Estado no alineado con la belleza en el orden de las ideas. En eso se funda el rechazo de Hölderlin al jacobinismo.

   Otro fragmento de El más antiguo… dice: “el filósofo tiene que poseer tanta fuerza estética como el poeta”. En Hiperión este postulado aparece más desarrollado:

   “<<¿Qué tiene que ver la filosofía>>, me respondió, <<qué tiene que ver la fría excelsitud de esa ciencia con la poesía?>>

   <<La poesía>>, dije seguro de lo que decía, <<es el principio y el fin de esa ciencia. Como Minerva de la cabeza de Júpiter, mana esa ciencia de la poesía de un ser infinitamente divino. Y así confluye al fin también en ello lo que hay de incompatible en la misteriosa fuente de la poesía>>”.

   Y luego:

   “El hombre que no haya sentido en sí al menos una vez en su vida la belleza en toda su plenitud (…) el que nunca ha experimentado cómo sólo en horas de entusiasmo concuerda todo interiormente, tal hombre no llegará nunca a ser ni un filósofo escéptico”.

   Para Hiperión-Hölderlin la filosofía surge de la experiencia de la belleza. Y, ¿qué es la belleza? “El nombre de lo que es uno y todo”.

   “Sólo un griego podría encontrar la gran frase de Heráclito, (…) lo uno diferente en sí mismo, pues es la esencia de la belleza y antes de que se descubriera eso no había filosofía alguna”.

   La filosofía nace de la experiencia (que podríamos llamar mística) de la belleza. La belleza es lo que es uno y todo, lo uno diferente en sí mismo, el momento en que concuerda todo interiormente. El pueblo griego es filósofo porque ha tenido la experiencia de la belleza. Esta experiencia de los griegos está garantizada por un Estado que no oprime a los hombres y que a la vez es producto de esa experiencia. Entonces, el Estado griego -más precisamente el ateniense, en el caso de Hölderlin- es el más perfecto, puesto que se subordina a la belleza y permite a sus ciudadanos la experiencia de la belleza.

   En definitiva, si bien Hölderlin niega la existencia de una idea de Estado, lo que encuentra en el antiguo Estado ateniense es la realización histórica del Estado perfecto, o del mejor Estado posible; un Estado en alineación y contacto con la realidad trascendente, que garantiza a sus ciudadanos el acceso a dicha realidad.

   En cuanto al postulado que propone una igualación de la poesía y la filosofía, resulta difícil no relacionarlo con el Fragmento 116, de Friedrich Schlegel, el cual, entre otras cosas, dice: “la poesía romántica es una poesía universal progresiva. Su designio no consiste únicamente en volver a unir todos los géneros disgregados de la poesía y en poner en contacto a la poesía con la filosofía y la retórica. Quiere y debe mezclar poesía y prosa”.

   La cita resulta ilustrativa de hasta qué punto el proyecto de Hölderlin concuerda con el del romanticismo alemán. Hiperión está construida como novela epistolar, género todavía experimental que le permite reunir “los géneros disgregados” En la obra, según señala Anacleto Ferrer, “el Yo que narra se constituye en reflexión del Yo que actúa”. El Hiperión del principio no es el mismo del final del relato; a través de la reflexión[4] acerca de las acciones acometidas y las experiencias vividas, el personaje vuelve a la concordancia entre lo uno y lo todo, luego de haber recorrido una órbita excéntrica que va desde la infancia hasta la experiencia mística de comunión con la Naturaleza, sin renegar de ninguna de las experiencias intermedias de ese itinerario.



[1] En este punto, la visión de Hölderlin difiere de la de Platón, para quien sí hay idea de Estado, bien que subordinada a las ideas de verdad y de belleza.

[2] Para comprender mejor el pensamiento hölderliniano en este terreno es recomendable la lectura de El cielo y la tierra de Hölderlin, de Martin Heidegger. En ese trabajo se analiza la poética de Hölderlin en relación a los conceptos de cielo y tierra tomados de la tradición griega.

[3] “La violenta represión de la Gironda y la renuncia oficial de Robespierre a exportar la Revolución a otros países son (…) los dos motivos primordiales que decidieron la animadversión hölderliniana hacia los jacobinos como facción política”, dice Anacleto Ferrer en La reflexión del eremita.

[4] La reflexión es para Hölderlin uno de los atributos del ser griego. “El más alto entendimiento en sentido griego” es “fuerza de reflexión”.

Las citas de Anacleto Ferrer están tomadas de su obra “Hölderlin”, editorial Síntesis.

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Monday, October 15, 2007

Hamlet o la Santificacion Parte II

Hamlet II- Maduración de la fe (en la Providencia).-

 

Comenzamos en nuestra anterior aparición en la Tostadora, a descubrir el costado, o mejor dicho, el fondo místico de la obra de Shakespeare. Esta simbología mistérica, plena de sentido esotérico, se refleja en casi toda la obra madura del dramaturgo. No obstante ello, hemos decidido que nuestro imperfecto aporte al tema, el cual es, con mucho, harto más profundo que a lo que a simple luz manifestamos en estas líneas, se centre en la obra Hamlet.

 

Hablamos al principio de la notícula acerca de la bastedad del tema místico en la obra de Shakespeare. Esto es así. Mas este itinerari profundis sólo es asequible con la frecuentación de la obra del Bardo inglés. La lectura, solo o en compañía, (la cual en lo posible recomendamos en su idioma original y en alta voz) hace que la poesía y la inspirada lengua encarne en el interlocutor, haciéndolo participe del mundo viviente de la obra. La melodía surge a medida que las líneas son recorridas por los ojos y las palabras pronunciadas regeneran el momento, el instante, en que cada pieza de Shakespeare se inserta.-

 

Dejamos a Hamlet hace tiempo luchando con sus debilidades, tratando de lograr la unidad de su propia alma para enfrentar finalmente al malo, alcanzando la tan ansiada purificación. Recordaran, pacientes lectores de la Tostadora, cómo Hamlet logra esta unidad en el encuentro vital y decisivo, para el desenlace de la historia, con su madre, la Reina. Pero, gustaríame retrotraerme, y avanzar, como hace nuestro autor, para seguir las huellas de Hamlet hacia su plenitud y alcance de la maduración.-

 

Vayamos por orden. En primer lugar nos encontramos con el conocido “To be or not to be…“. Este soliloquio marca el punto más bajo de Hamlet (protagonista); este lo muestra en su momento más inmaduro. Hamlet no se ha desarrollado, no ha madurado. En la obra, dice Martin Lings, el Príncipe en cierto sentido va hacia atrás en su desarrollo antes de ir para adelante. Es decir, en el camino de la Santificación, primero cae en un abismo, en una incertidumbre. Su fe se encuentra en el punto más bajo. Aquí se vislumbra una falta de fe en la Providencia. Ya en al acto I, en su primer soliloquio, Hamlet expresa:

 

“Or that the Everlasting had not Fix’d

His canon ‘gainst self-slaugther! O God! O God!”

 

Es decir que se suicidaría si Dios no lo hubiese prohibido. El entorno lo abate, se siente solo, traicionado y dolido. Su madre, sin el debido luto, se ha vuelto a casar con quien fuera su cuñado. Algo en el alma le pesa. “Algo huele a podrido en Dinamarca”. No encuentra explicaciones para su situación actual e insinúa terminar con su existencia. Allí aparece el famoso discurso (act. III, Esc. I, 63-97):

 

To be, or not to be: that is the question:                       
Whether ’tis nobler in the mind to suffer                         
The slings and arrows of outrageous fortune,                  
Or to take arms against a sea of troubles,                      
And by opposing end them? To die: to sleep;                  
No more; and, by a sleep to say we end                    
The heart-ache and the thousand natural shocks        
That flesh is heir to, ’tis a consummation                     
Devoutly to be wish’d. To die, to sleep;                         

ser o no ser: esa es la cuestión:
¿acaso es más noble sufrir en la mente
los golpes y los dardos de una fortuna atróz
o tomar las armas contra un mar de adversidades
y oponiendose, terminar con ellas? Morir: dormir;
no más; y, con dormir decir que ponemos fin
al dolor de corazón y al millar de conflictos naturales
que la carne ha heredado, es una consumación
que devotamente ha de ser deseada. Morir, dormir;


Aquí Hamlet se devanea nuevamente en la idea de quitarse la vida, de terminar con sus sufrimientos. Sigamos atentamente estas líneas.

To sleep: perchance to dream: ay, there’s the rub;                 
For in that sleep of death what dreams may come                 
When we have shuffled off this mortal coil,                             
Must give us pause. There’s the respect                                
That makes calamity of so long life;                                       

Dormir: por fortuna soñar: ay, he aquí el obstáculo
Pues que sueños nos lleguen en ese dormir de muerte
una vez descartado el mortal torbellino,
debe hacernos dudar. Allí la reflexión
que dota a la calamidad de tan larga vida.

Nótese que en su camino, Hamlet está tocando fondo. Las sombras de la incredulidad se cierene sobre él. Y solo la duda a lo desconocido hace que su actual pesar “calamidades” se extiendan longevamente. Continuemos:

For who would bear the whips and scorns of time,                   
The oppressor’s wrong, the proud man’s contumely,                
The pangs of disprized love, the law’s delay,                            
The insolence of office, and the spurns                                    
That patient merit of the unworthy takes,                               
When he himself might his quietus make                               
With a bare bodkin? who would fardels bear,                          

Pues ¿quien soportaría del tiempo azotes y mofa
La maldad del opresor, la injuria del altivo,
las punzadas de un amor desairado, de la ley demoras
la insolencia de lo oficial, y los desprecios
que el mérito paciente recibe del indigno,
cuando él mismo podría librado declarase
con un simple estilete? ¿Quién cargaría fardos,

En las líneas siguientes, vemos como Hamlet hace mención al más allá.

To grunt and sweat under a weary life,                                 
But that the dread of something after death,                       
The undiscover’d country from whose bourn                       
No traveller returns, puzzles the will,                                 
And makes us rather bear those ills we have                     
Than fly to others that we know not of?                            
Thus conscience does make cowards of us all;                  

gruñendo y sudando bajo fatigada vida,
sino porque el temor de algo tras la muerte,
País no descubierto de cuyas fronteras,
ningún viajero reotrna, confunde el albedrío
y hace preferir esos males que tenemos
Antes que volar hacia otros que desconocemos?
Así nos hace cobardes a todos la conciencia;

Esta frase ha dado a muchos para hablar. Algunos críticos, han sostenido, y sostienen, que éste soliloquio esta mal ubicado. Porque les parece contradictorio hablar del “país no descubierto de cuyas fronteras” nadie retorna, cuando Hamlet ya se ha encontrado con su padre (Acto I, escena 4 y 5). Es decir que suponiendo al padre muerto, este sí ha regresado de esas moradas. También han dicho que Shakespeare simplemente se equivocó al no atinar a conciliar la apariencia del fantasma, su padre, con su declaración de que nadie regresa de la muerte; o que, y estos se acercan más al verdadero sentido, que Shakespeare se refiere a la vuelta de seres humanos en carne y hueso y no como meras sombras o espíritus. Sin embargo, ninguno de ellos acierta. El sentido é piú profondo. Hamlet ha visto a su padre en estado incorpóreo. Shakespeare lo denomina Ghost, es decir espíritu. Aclaro aquí que las traducciones que trasladan ghost por fantasma son erróneas e invitan a la confusión. Traeré a colación un solo ejemplo que aclarará las dudas de los lectores. En inglés Espíritu Santo se dice Holy Ghost. Ergo, la traducción correcta es espíritu. Bien, Hamlet ve a su padre en espíritu. El tiempo de la humanidad no se ha consumado, y el hecho de que el padre del Príncipe se comunique con éste y tenga una presencia espiritual no significa que un muerto haya retornado. De la muerte efectivamente ningún ser humano ha retornado. Y solo se gozará completamente (o se sufrirá completamente) con la resurrección de la carne al final de los tiempos. No hay tal confusión ni error del poeta.

 

A su vez, este pasaje hay que analizarlo en el contexto de la obra y del camino espiritual que emprende el personaje Hamlet. Dijimos que ya había mencionado la idea de quitarse la vida. Sabido es que más allá del cripto-catolicismo de William Shakespeare (tema a tratar en otra oportunidad), la conciencia y creencia protestante también entendía el suicidio como un pecado. Y quien en pecado moría, en el infierno acabaría. Del infierno, la ortodoxia indica que nadie “returns“. Y también, observemos que el autor retrocede, es decir vuelve al estado de confusión y debilidad; de duda y desazón, que lo pone a las puertas del abismo; retrocede antes de avanzar. Hamlet ha conversado con su padre, sabe y tiene fuertes indicios de la identidad del asesino, y tiene una “misión” que cumplir. Sin embargo, vuelve a dudar y se pregunta porqué su cruz y si no sería más fácil “dormir”; acabar con ese dolor intenso, intelectual. Desde aquí, Hamlet irá en ascenso, combatiendo y venciendo, uno a uno sus defectos y debilidades hasta el final. Continuemos con la última parte del soliloquio.

And thus the native hue of resolution                           
ls sicklied o’er with the pale cast of thought,               
And enterprises of great pith and moment                   
With this regard their currents turn awry,                   
And lose the name of action.- Soft you now!               
The fair Ophelia! Nymph, in thy orisons                      
Be all my sins remember’d.”                                     


Y así el tinte nativo de la resolución
Se enferma con el pálido matiz del pensamiento,
Y empresas de gran altura y ocasión
Por este motivo sus corrientes tuercen,
Y pierden todo nombre de acción.-¡Tranquilo!
¡La bella Ofelia! Ninfa, en tus oraciones
sean todos mis pecados recordados.”

Con el encuentro con la bella Ofelia, y su recomendación por sus pecados hacia ella, cierra este magnífico soliloquio. Soliloquio de gran valor y vértice de la obra. Aquí con este encuentro en el amor, Hamlet inicia su camino ascendente. Avancemos en la obra, y salteándonos todo hasta el final, veamos a nuestro personaje nuevamente.

 

Vuelto Laertes del extranjero, y puesto en marcha el plan del Rey para deshacerse de Hamlet, estos deben prestarse al combate de esgrima. La obra está llegando a su fin. Se aproxima el desenlace. En conversación con Horacio, Hamlet le confiesa que confía en la victoria pero al mismo tiempo una extraña premonición de que va a morir se le hace presente. Al escucharlo, Horacio pide permiso para aplazar el combate. Hamlet no lo permite y dice (act. V, Esc. II 220-225):

 

Not a whit, we defy augury: there is a special providence in the fall of a sparrow. If it be now, ‘tis not to come; if it be not to come, it will be now; if it be not now, yet it will come-the readiness is all. Since no man knows of aught he leaves, what is’t to leave betimes? Let be.


 

Nada de eso, no creo en presagios: en la caída de un gorrión interviene una providencia especial. Si esta es la hora, no está por venir; si no está por venir, ésta es la hora; y si no es ahora, de todas formas vendrá-todo consiste en estar preparado. Ya que ningún hombre posee nada de lo que deja, ¿qué importa dejarlo tarde o temprano? Que sea.

 

Ya rendido a la providencia, la esencia de este discurso radica en “The readiness is all” (todo consiste en estar preparado). Observamos aquí, aún mejor, sentimos en esta frase un total abandono a la Providencia, Hamlet ha alcanzado el punto más alto de maduración. Las dudas y su noche oscura han desaparecido. En King Lear, vuelve Shakespeare sobre el tema. Nos encontramos en el último acto de esa obra. La noticia de la derrota y captura del rey Lear y Cordelia hunde a Gloster una vez más en la desesperación. Edgardo lo saca de ella recordándole que, al igual que un hombre ha de someterse a la Providencia en lo que respecta al momento y a la manera de su nacimiento, también ha de someterse en lo que concierne al momento y a la forma de su muerte y no tratar de arrancar la fruta antes de que esté madura. (Act. V, Esc. II)

 

Edgard: What, in ill thoughts again? Men must endure their going hence, even as their coming hither: Ripeness is all:-come on.


 

Ed: ¿Cómo, de nuevo en malos pensamientos? Los hombres deben soportar su partida de este mundo, de la misma manera que su llegada: todo consiste en estar preparado. (Ripeness literalmente es madurez. Es decir, la madurez es todo).

 

Casi literalmente vuelve a insistir nuestro autor en estar preparado ante el hecho de la muerte, sin saber cuando esta puede llegar. Solo la Providencia lo sabe.

 

El hamlet plenamente desarrollado y perfectamente equilibrado, el que se ve en la última escena, manifiesta la madurez que el autor ha ido construyendo en su personaje y hace patente la fe en la Providencia que profesa el protagonista hacia el final de la obra.

 

Shakespeare, en definitiva, se concentra, en toda su obra madura, en el aspecto más universal de la religión. Se preocupa de que el hombre tenga una correcta actitud hacia la Providencia.

 

Demódoco, en la quietud.-

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Sunday, September 30, 2007

Jean Paul Sartre

“Si me dan este mundo con sus injusticias, no es para que las contemple con frialdad, sino para que las anime con mi indignación (…) Aunque la literatura sea una cosa y la moral otra muy distinta, en el fondo del imperativo estético discernimos el imperativo moral” 1. Esta concepción considera a la literatura como una actividad en la que el escritor, inmerso en su tiempo y su circunstancia, tiene el deber moral insoslayable de expresar la época en la que vive y señalar los cambios que él juzga imprescindibles. La prosa es, entonces, un modo de acción, y el estilo literario, lejos de ser el fin de la literatura, es un elemento que se da por añadidura.

Consecuentemente, las novelas y obras teatrales de sartreanas son obras de tesis, y no contienen nada que no se encuentre en su sistema filosófico. Los fines que persigue con la literatura no se agotan en el goce estético, sino que utiliza la forma literaria para exponer su concepción filosófica. En esta ocasión me referiré a dos obras de Jean-Paul Sartre: La Náusea (1938) y Las Moscas (1943). La primera expone la tesis sobre el existencialismo desarrollada en El Ser y la Nada, y corresponde al intervalo que separa las dos guerras; la segunda, contemporánea a la Segunda Guerra Mundial y a la ocupación de los ejércitos alemanes en Francia, aplica el tema de la existencia en relación con la libertad, y despliega los argumentos con los que intenta probar que, si Dios existiera, no tendría ninguna importancia. La elección de ambas obras no ha sido arbitraria: el contexto histórico y político influyó de manera decisiva en el pensamiento del escritor, y permitió encontrar una solución a la problemática planteada en la Náusea, que había quedado irresuelta en esta obra.

Cuando en 1938 Sartre escribió La Náusea, tenía treinta y tres años, y la Segunda Guerra Mundial no había comenzado. En esta obra, Sartre expone su filosofía a través del personaje central de la novela, Antoine Roquentin, un parisino que se traslada a Bouville, en cuya biblioteca se encontraba la más completa información sobre Robellon, un aventurero del siglo XVII que era objeto de sus investigaciones. Como narrador protagonista y por medio de un diario, expone las actividades que realiza, y encarna a la vez una idea filosófica. Análogo recurso había implementado Corneill con la filosofía cartesiana, y Proust con Bergson. Sartre incorpora su propio pensamiento filosófico, desarrollado de manera sistemática cinco años más tarde en El Ser y la Nada. Los dos términos del título de esta obra corresponden a la dualidad que Sartre plantea en los existentes: el ser en sí por un lado, y el ser para sí por el otro. El en sí es la cosa material, lo que es propiamente ser, el único que merece este nombre. Es una densidad compacta que se agota en sí misma y que es completamente idéntica a sí misma. “El ser para sí es el ser humano en cuanto tal, es decir, en cuanto que trasciende al ser en sí de las cosas”2. El ser para sí es la conciencia; necesita del ser en sí, porque siempre es conciencia de algo que es distinto. Esto que en primera instancia parecería un retorno al realismo filosófico y una superación del idealismo, concluye en algo radicalmente opuesto: Sartre razona de la siguiente manera: dado que la conciencia está proyectada fuera de sí misma hacia los objetos exteriores, se deduce que la conciencia está vacía, y que no hay nada dentro de ella. Charles Moeller sostiene que el error en la deducción de Sartre, a saber, que no hay nada en la conciencia, se debe a que sólo examina el conocimiento sensible 3. De esta forma, el ser para sí se opone al ser en sí: mientras que este último es lo que realmente es, el ser para sí es la nada; de ahí el título de su obra: El Ser (ser en sí) y la Nada (ser para sí).

Si bien el hombre es consciente y libre, es también un elemento del mundo, una cosa entre las cosas, por su cuerpo, su pasado -la parte del hombre que está hecha, terminada y determinada y que, por lo tanto, no puede modificarse- por la situación en la que se encuentra -que determina al hombre y limita sus posibilidades- y finalmente, la muerte, el colmo del absurdo de la existencia.

El comienzo de la novela se nos presenta como la pintura de un gran aburrimiento: la vida de Roquentin se distribuye entre la biblioteca, el café, el hotel y el restaurante de Bouville, rodeado de una burguesía chata y mediocre, relacionado solamente con la dueña del hotel en el que se hospeda y con el Autodidacta, un humanista dedicado a la lectura compulsiva de libros. La soledad y el tiempo libre lo inclinan a preguntarse por el sentido de su propia existencia. Comienza, entonces, a explorar el mundo y toma conciencia de la existencia de las cosas y de su propia existencia, y descubre que ambas se caracterizan por su gratuidad y falta de justificación; ambas están de más y carecen de todo sentido: “Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros; cada uno de los existentes, confuso, vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros. De más: fue la única relación que pude establecer entre los árboles, las verjas, los guijarros. (…) De más el castaño, allá, frente a mí, un poco a la izquierda. Y yo, flojo, lánguido, obsceno, dirigiendo, removiendo melancólicos pensamientos, también yo estaba de más. (…) Soñaba vagamente en suprimirme, para destruir por lo menos una de esas existencias superfluas. Pero mi misma muerta habría estado de más. De más mi cadáver, mi sangre en esos guijarros, entre esas plantas, en el fondo de ese jardín sonriente. Y la carne carcomida hubiera estado de más en la tierra que la recibiese; y mis huesos, al fin limpios, descortezados, aseados y netos como dientes, todavía hubieran estado de más yo estaba de más para toda la eternidad”. 4

De esta experiencia filosófica fundamental surge la Náusea, que consiste en percibir la contingencia, la absurdidad y la gratuidad de la existencia, y en comprender que “el ser es un puro hecho, sin causa y sin razón. Por lo tanto, en términos lógicos diremos que es absurdo, en término ontológicos diremos que es contingente, y en lenguaje literario que está de sobra”. 5

Frente a la Náusea existen dos actitudes fundamentales: afrontar las consecuencias que se desprenden del hecho de que se encuentra abandonado a sí mismo, o evadirse de ellas y eximirse de asumir la contingencia del hombre inmerso en un mundo igualmente gratuito y absurdo. Esta última actitud se materializa en distintas conductas, representadas en los personajes de la novela: el Autodidacta tiene como Absoluto el conocimiento: el hombre, a través de la cultura, será capaz de dar respuesta al problema de la existencia; representa las ilusiones de los intelectuales y es una crítica a la cultura enciclopedista. Anny, una antigua novia del protagonista, también se ha encontrado con la Náusea, ha sentido el vacío, pero cree haber encontrado una solución: cortar los días grises con “momentos perfectos”. El mismo protagonista intenta justificar su existencia a través de la existencia de otro personaje que pertenecen al pasado: Robellon, un aventurero del siglo XVII, objeto de su investigación: “Rollebon era mi socio: él me necesitaba para ser y yo lo necesitaba para no sentir mi ser. Yo proporcionaba la materia bruta, esa materia bruta que tenía para la reventa, con la cual no sabía qué hacer: la existencia, mi existencia. Permanecía frente a mí y se había apoderado de mi vida para representarme la suya. Yo ya no me daba cuenta de que existía, ya no existía en mí sino en él: por el comía, por él respiraba, cada uno de mis movimientos tenía sentido fuera, allí, justo frente a mí, en él. (…) Yo sólo era un medio de hacerlo vivir, él era mi razón de ser, me había librado de mí. ¿Qué haré ahora?” 6

Hacia el final del libro Sartre esboza una solución al problema de la existencia, coherente con el absurdo resultante de su teoría existencialista. De la definición del ser para sí se desprende que la conciencia es un absoluto, porque no está ligada a nada: ni a Dios que para él no existe, ni a las cosas a las que conoce desligándose de ellas, ni a sí misma, debido a que está vacía. Y como está constituida por la nada que se opone al ser en sí, el hombre no es, le queda la obligación de hacerse. Es decir, existe una preeminencia de la existencia sobre la esencia: todo lo que somos es el resultado de nuestra acción; existir es hacer, y no hay una naturaleza humana de la que emanan leyes a las que el hombre, por el uso de su libertad, se adecua. Por el contrario, por medio de la libertad, el hombre es su propio fundamento y construye los valores; éstos son relativos, porque para Sartre los valores absolutos no existen, y dependen de la situación, de la coyuntura que esté viviendo. La solución reside en tener conciencia lúcida de algo y libertad absoluta; hay que crear un valor para la existencia y ejercer la libertad en relación con ese valor.

La solución está apenas planteada en La Náusea, y no encuentra solución; como paliativo, Roquentin escribe un libro: “¿Entonces es posible justificar la propia existencia? ¿Un poquitito? Me siento extraordinariamente intimidado. No es que tenga mucha esperanza. Pero soy como un tipo completamente helado que después de un viaje por la nieve entrara de pronto en un cuarto tibio. (…) ¿No podría yo intentar…? Naturalmente, no se trataría de una música… ¿pero no podría en otro orden? Tendría que ser un libro; no sé hacer otra cosa. Pero no un libro de historia; la historia habla de lo que ha existido, un existente jamás puede justificar la existencia de otro existente. Mi error era querer resucitar a M. De Robellon. Otra clase de libro. No sé muy bien cuál, pero habría que adivinar, detrás de las palabras impresas, detrás de las páginas, algo que no existiera, que estuviera por encima de la existencia” 7. Existe, por lo tanto, una identificación entre el escritor y su personaje: Roquentin decide escribir “otra clase de libro”, “no un libro de historia”, y Sartre escribe la Náusea. La gran situación la va a encontrar en la Segunda Guerra Mundial, con la ocupación alemana en Francia. Encuentra en la política y en la ideología la verdadera forma de darle sentido a su vida.

El 3 de septiembre de 1939 Francia le declaró la guerra a Alemania; un año después, el 14 de junio de 1940, los ejércitos alemanes invadieron Francia. Esta fecha, que indica el comienzo de la ocupación alemana en Francia, señala el inicio de una serie de publicaciones clandestinas que utilizaban la literatura para impartir doctrina en un segundo discurso. El primero fue Jean Bruller quien, bajo el pseudónimo de “Vercos”, editó 350 ejemplares de El silencio del mal. Muchos escritores de esa época emplearon los mitos griegos para transmitir su mensaje. La reelaboración de un mito consiste en su secularización, es decir, mantener su estructura básica vaciándolo del la dimensión religiosa que tenía para los griegos, sus primeros receptores, y contextualizar la situación mítica en sus propias circunstancias. Antígona de Jean Anouill y Las Moscas de Jean-Paul Sartre, escritas bajo la ocupación alemana, aluden al problema de la resistencia opuesta a una autoridad opresiva.

La obra de Sartre reelabora las tres tragedias de Esquilo conocidas con el nombre de Orestíada: Agamenón, Las Coéforas y las Euménides. La primera de ellas narra el regreso victorioso de Agamenón de la guerra de Troya y su asesinato a manos de su esposa Clitemnestra y de Egisto; con su muerte, Clitemnestra vengaba el crimen perpetrado por Agamenón contra Ifigenia, hija de ambos, sacrificada en Áulide para aplacar la ira de Ártemis y calmar los vientos contrarios que impedía a los aqueos zarpar a Troya. Las Coéforas cuenta el regreso de Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, a Argos, y el matricidio con el que venga a su padre. Como consecuencia de este asesinato, se añade un nuevo eslabón a la cadena de crímenes de la familia de los Atridas, y Orestes es perseguido por las Erinias, antiguas divinidades helénicas cuya misión esencial era vengar los crímenes, especialmente castigar las faltas contra las familias. Finalmente, la última tragedia de la trilogía nos presenta a Orestes en Delfos, donde es purificado por el dios Apolo. Como esta purificación no lo liberó de la persecución de las Erinias, se celebró un juicio en Atenas, en el lugar donde más tarde iba a reunirse el Aerópago. La mitad de los jueces condenó a Orestes y la otra mitad votó por su absolución; Atenea, que presidía el tribunal, unió su voto a los segundos, y la justicia pasó de ser un asunto privado a una cuestión pública.

Las Moscas de Sartre fue representada el tres de junio de 1943, durante la ocupación. Si bien existe una lectura política e ideológica de esta obra, que simbolizaría en las moscas la descomposición de Francia y en Egisto al Mariscal Petain, héroe de la Primera Guerra Mundial y colaboracionista alemán en la segunda, la obra desarrolla en sus tres actos la concepción de la libertad del hombre en relación con la existencia de Dios.

El ateísmo es un tema central en la filosofía de Sartre, y constituye su punto de partida; el mismo Sartre identifica existencialismo y ateísmo: “El existencialismo no es otra cosa que un esfuerzo para extraer todas las consecuencias de una posición ateo coherente. No trata en modo alguno de sumir al hombre en la desesperación. Pero si se quiere, como hacen los cristianos, dar el nombre de desesperación a toda actitud de incredulidad, en ese caso la posición atea parte de la desesperación original”. 8

Pueden distinguirse dos motivos fundamentales de la incredulidad de Sartre:

  1. La noción de Dios es contradictoria: Dios debería ser un ser en sí, porque es plenitud, pero a la vez sería también conciencia, un para sí. Dado que ambos términos están opuestos simétricamente, y su síntesis, es decir un “en sí para sí”, es por definición imposible, la noción de Dios es contradictoria.
  2. La noción de creación: Sartre niega a Dios porque su existencia implicaría la noción de creación, que Sartre rechaza. Ya en La Náusea Roquentin había sentenciado: “Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad” 9. Sartre sostiene que quien crea tiene una idea predeterminada de lo que va a realizar: “El concepto de hombre en el espíritu de Dios, es asimilable al concepto de plegadera en el espíritu del industrial; y Dios produce al hombre siguiendo unas técnicas y una concepción, exactamente como el artesano fabrica una plegadera siguiendo una definición y una técnica” 10 Conforme esta idea, admitir la existencia de Dios implica reconocer que el hombre no es libre, porque la noción de creación, concebida como una técnica, dejaría al hombre en una condición absolutamente pasiva, como la plegadera en las manos del artesano. Pero la simplificación es que Dios no es un artesano, la creación no es una técnica, sino un acto libre de Dios por el cual comunica el ser al hombre por amor, creándolo libre, a su imagen y semejanza.

Las consecuencias que emanan de su ateísmo son coherentes: “El existencialista piensa que es muy incómodo que Dios no exista, porque con él desaparece toda posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible. (…) Dostoievsky escribe: “Si Dios no existiera, todo estaría permitido” Este es el punto de partida del existencialismo. Es efecto, todo está permitido si Dios no existe y en consecuencia el hombre está abandonado, porque no encuentra ni en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. (…) Si por otra parte Dios no existe, no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta (…) Estamos solos, sin excusas” 11. Es decir, no hay valores objetivos, sino que el hombre debe crearlos con su libertad. En esto reside, como señalamos anteriormente, la dignidad del hombre y la posibilidad de escapar a la Náusea.

Resumiendo lo anterior: la idea de Dios es contradictoria en sí misma y atenta contra la libertad humana. Este último punto es esencial y se encuentra en la base de su ateísmo: “El existencialismo no es propiamente un ateísmo en el sentido de que se agote en demostrar que Dios no existe. Más bien declara: aún cuando Dios existiese, nada cambiaría; he aquí nuestro punto de vista. No es que creamos que existe Dios, pero pensamos que el problema no es el de su existencia; es preciso que el hombre se encuentre a sí mismo y se persuada de que nada puede salvarlo de sí mismo, ni siquiera una prueba valedera de la existencia de Dios” 12. Esta última situación es la que Sartre presenta en Las Moscas.

Al igual que el Orestes de Esquilo, el hijo de Agamenón regresa a Argos. Pero a diferencia del personaje de la tragedia, que retorna a la patria con el propósito de vengar la muerta de su padre, y su primera visión es la de su hermana en la tumba de Agamenón ofreciendo libaciones por su regreso y el cumplimiento de la venganza, el Orestes existencialista se encuentra con un pueblo enlutado y temeroso, y con una estatua retratada en la primera didascalia de la obra: “Una estatua de Júpiter, dios de las moscas y de la muerte. Ojos blancos, rostro embadurnado de sangre” 13 El pedagogo que acompaña a Orestes describe más adelante la ciudad de la siguiente manera: “Paredes embadurnadas de sangre, millones de moscas, olor a carnicería, calor de horno, calles desiertas, un dios con cara de asesino, larvas aterradas que se golpean el pecho en el fondo de las casas y esos gritos, esos gritos insoportables” 14 El mismo Júpiter es quien explica al protagonista el origen de las moscas, remitiéndolo al asesinato de Agamenón quince años atrás. En ese entonces, los habitantes de Argos no habían reaccionado ante el crimen perpetrado contra su rey (al igual que los franceses ante la invasión de las tropas alemanas), y pagaban ahora su silencio con el arrepentimiento y la culpa. Ésta es presentada como el pecado original, porque incluso lo niños que no habían nacido cuando Agamenón fue asesinado, cargan con la culpa de sus padres, que se transmite de generación en generación:

“Vieja: Ah, me arrepiento, señor, si supierais cómo me arrepiento, y mi hija también se arrepiente, y mi yerno sacrifica una vaca todos los años, y a mi nieto, que anda por los siete años, lo hemos educado en el arrepentimiento; es juicioso como una imagen, todo rubio y penetrado por el sentimiento de su pecado original

Júpiter: Está bien, vieja basura, y trata de reventar en el arrepentimiento. Es tu única posibilidad de salvación. O mucho me equivoco, señores míos, o es ésta piedad de la buena, a la antigua, sólidamente asentada en el terror”. 15

El segundo encuentro de Orestes se produce con su hermana, Electra, rebajada a la condición de esclava. Es ella quien le relata el rito con el que, año a año, el pueblo de Argos actualiza y recuerda su culpa: “Hay en lo alto de la ciudad una caverna cuyo fondo jamás ha encontrado nuestro jóvenes; dicen que se comunica con los infiernos; el Gran Sacerdote lo ha hecho obstruir con una gran piedra. Cada aniversario el pueblo se reúne delante de la caverna (…) y nuestros muertos, según dicen, suben de los infiernos y se desparraman por la ciudad. (…) Ya adivinas las lamentaciones de los vivos: mi querido muerto, mi querido muerto, no quise ofenderte, perdóname” 16 . Recién en este momento, Orestes decide permanecer en la ciudad y asesinar a su madre Clitemnestra y a Egisto.

El segundo acto describe el rito que recuerda a los vivos sus culpas pasadas. La escena se desarrolla en un clima de temor que, según los habitantes que lo padecen, lo salvaría de sus culpas: “Hay que tener miedo, hijo mío. Mucho miedo. Así es como se llega a ser un hombre honrado” 17. El segundo texto es aún más claro: “¡Hiedo! ¡Hiedo! Soy una carroña inmunda. ¡Mirad, las moscas me cubren como cuervos! Picad, cavad, taladrad, moscas vengadoras, revolved mi carne hasta mi corazón obsceno. He pecado, he pecado cien mil veces, soy un albañal, un retrete…” 18. A través de un diálogo entre Egisto (poder político) y Júpiter (poder espiritual), sabemos que la ceremonia de los muertos era una fábula creada por Egisto para el pueblo. Júpiter le advierte sobre la presencia de Orestes en Argos y de la voluntad de asesinarlo. Le explica la diferencia entre el inminente crimen de Orestes y el que Egisto había cometido: el primero no acarrearía arrepentimiento alguno por parte del victimario, mientras que el segundo tenía como consecuencia la culpa de todo el pueblo: “Por un hombre muerto, veinte mil sumidos en el arrepentimiento; ése es el balance. No hice un mal negocio. Sin embargo, hay algo que perturba a ambos: la libertad del hombre, que los dos conocen pero que los hombres ignoran. “Si lo supieran pegarían fuego a las cuatro esquinas de mi palacio. Hace quince años que represento una comedia para ocultarles su poder”. 19

Orestes es consciente de esta libertad. En su diálogo con Júpiter admite que en un pasado era creyente y, al igual que Roquentin, Anny o el Autodidacta, ponía excusas para no darse cuenta de que era libre: “Todavía ayer eras un velo sobre mis ojos, un tapón de cera en mis oídos; ayer tenía yo una excusa; era mi excusa de existir, porque me habías puesto en el mundo para servir tus designios, y el mundo era una vieja alcahueta que me hablaba sin cesar de ti” 20. Llegó a la misma conclusión que Roquentin hacia el final del libro, cuando comprende el significado de la Náusea: el hombre está solo con su libertad: “Me sentí completamente solo, en medio de tu mundo benigno, como quien ha perdido su sombra; y ya no hubo nada en el cielo, ni Bien ni Mal, nadie que me diera órdenes” 21. Dado que no existen valores absolutos a los que someterse, es la libertad la que los determina. La moralidad es subjetiva y depende del hombre y de la situación en la que se encuentre. Por eso no se reconoce culpable de su acto, que es malo según la moral de Júpiter, pero no para la suya propia. “No volveré bajo tu ley; estoy condenado a no tener otra ley que la mía. (…) Porque soy un hombre, Júpiter, y cada hombre debe inventar su camino”.  22

Orestes, en complicidad con Electra, asesina a Egisto y Clitemnestra. Sin embargo, el móvil de este asesinato no es vengar la muerte de su padre, sino liberar al hombre de las culpas y el arrepentimiento por los que son sometidos por Dios. Orestes asume su acto en forma responsable. Esto es lo que le explica en la puerta del templo a la multitud: “Me miráis, gente de Argos, habéis comprendido que mi crimen es muy mío; lo reivindico cara al sol; es mi razón de vivir y mi orgullo” 23. Este es el acto al que se refiere Satre; como en el hombre la existencia precede a la esencia y el ser para sí es una nada que se hace, la solución es un acto libre que le de sentido a su existencia. El acto, lejos de cumplir la misión de venganza, permite a Orestes cargar las culpas del pueblo para poder liberarlos de ellas. “Ahora soy de los vuestros, oh súbditos míos, estamos ligados por la sangre y merezco ser vuestro rey. (…) Quiero ser un rey sin tierra y sin súbditos. Adiós mis hombres, intentad vivir”. 24

Dido


 

Notas:

1. Sartre, Jean-Paul. Qué es la literatura, en El Tintero, Suplemento de Juventud Rebelde, nº. 11, noviembre de 2005

2. Verneaux. Historia de la Filosofía Contemporánea. Barcelona, Herder, 1989, pág. 237.

3. Cfr. Moeller, Charles. Literatura del siglo XX y cristianismo. Tomo 2: La fe en Jesucristo. Madrid, Gredos, 1961.

4. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 146

5. Verneaux. Op. Cit., pág. 235

6. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 114

7. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 197

8. Satre, Jean-Paul. El existencialismo es un humanismo, en Moeller, Charles. Op. cit, pág. 68.

9. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 151

10. Satre, Jean-Paul. El Ser y la Nada, en Moeller, Charles. Op. cit, pág. 90.

11. Satre, Jean-Paul. El existencialismo es un humanismo, pág. 68.

12. Satre, Jean-Paul. El existencialismo es un humanismo, pág. 100.

13. Sartre, Jean-Paul. Las Moscas. Buenos Aires, Losada, 2003, pág. 9.

14. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 13

15. Ídem

16. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág.25

17. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 27

18. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 29

19. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 49

20. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 63

21. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág.64

22. Ídem.

23. Sartre, Jean-Paul. Op. cit., pág. 68

24. Ídem

 

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Sunday, September 9, 2007

El Icono y la Tradición Espiritual Cristiano-Oriental

 

“Para los ojos humanos esta belleza es inaccesible, solamente el conocimiento y el alma pueden alcanzarla. Cuando esta belleza iluminaba a los Santos, entonces, dejaba en el alma de ellos una insaciable sed. Aquéllos, a los cuales el amor de Dios tocó y colmó, no pudieron contener su ímpetu amoroso. Llenos de deseo de contemplación de la belleza de Dios, ellos rogaban que su contemplación divina se prolongara por toda la eternidad.”(1)

San Basilio el Grande

 

Antes de hablar del “icono” en sí, debemos centrar primero nuestra mirada hacia aquella mentalidad creadora que dio origen a las obras de arte que son objeto de nuestro ensayo. Lo hacemos así, no solo para dar una “orientación” sino también, porque el icono no fue hecho para el simple goce estético sino para que sea un instrumento de espiritualidad y piedad al servicio todos los fieles.

Debemos situarnos en el llamado “cristianismo oriental” que incluye a la Iglesia Ortodoxa, en primer lugar y Católica de rito oriental, en segundo lugar. Dicho cristianismo de oriente está fuertemente enraizado en la enseñanza de Cristo y sus apóstoles, continuada y desarrollada por los Padres de la Iglesia, conjunto con los siete concilios ecuménicos (2). Tampoco debemos olvidar la vida de la Iglesia, su teología y sus fiestas; la historia religiosa de las iglesias de oriente, es en gran parte la historia de monjes, de ascetas, eremitas y santos, que por el amor de Dios dejaron todo, en aras de la contemplación plena y la paz interior.

Muchas de estas historias llegan hasta nosotros contándonos las vidas de aquellos héroes de la santidad que inspiran a todos los fieles cristianos. La gran riqueza espiritual y contemplativa que encontramos en dicho contexto se puede de alguna forma rastrear hasta en la literatura moderna; por ejemplo, no es casualidad notar que el protagonista del libro “Relatos de un peregrino ruso” llevara en sus viajes la Biblia y la Filocalía (3), o en el libro (de Vladimir Soloviev) “Breve relatos del anticristo”, el personaje que encarna al representante de la Iglesia Ortodoxa se llame Juan, el mismo nombre del evangelista que resalta por su contenido espiritual y celestial.

La teología cristiano-oriental se caracteriza por resaltar la plenitud de las personas divinas (de la trinidad), sus diferencias, su unidad en el amor, además de estar fuertemente vinculada (la teología) a la practica religiosa o sea a la relación directa con Dios, por eso un sabio del mundo ortodoxo, Evagrio Póntico, pudo decir: “Si eres teólogo, rezas de verdad, y si rezas de verdad, eres teólogo”(4) . No hay una dualidad entre los tratados teológicos , la mística y la ascética sino armonía, pues según esta concepción “la mística no debilita la racionalidad, sino que la salva y le da horizontes sin fin.” (5). Esto se prueba cuando se analizan los métodos de oración y demás ejercicios espirituales como por ejemplo la famosa “oración de Jesús” (también llamada “oración del corazón”) que consiste en la simple repetición constante de la frase “Señor Jesucristo, ten piedad de mi pecador”. (6)

La tradición Ortodoxa habla de hacer bajar el intelecto al corazón para que exista una unidad entre el conocer y el querer, y de esta forma mantener el “recuerdo de Dios” apartándonos de las pasiones que nos distraen de lo espiritual; en palabras de Teofano el recluso: “Por este medio, el recuerdo de Dios se establecerá en el intelecto y la presencia de Dios brillará en vuestra alma como el sol” (7)

A riesgo de ser repetitivos, nos parece ilustrativo contar una historia del libro ya mencionado, “Relatos de un peregrino ruso”, allí se cuenta una anécdota del peregrino que se encuentra con un leñador que estaba recluido en los bosques y que después de varias mortificaciones corporales y oraciones para purgar sus pecados y salvarse del infierno, empezó a dudar de las verdades de Fe, al oír esto, el peregrino le contesto al leñador: “…la abstención de los pecados por miedo a los tormentos del infierno no es valida ni fructífera y que es imposible librar el alma de los pecados por otro medio que no sea cuidar la pureza de la mente y del corazón, cosa que se logra por medio de la oración interior” (8) y más adelante explica que es inútil mortificar el cuerpo esperando una recompensa por lo que lo que le aconseja a este leñador lo mas importante: “Por más que mortifiques tu carne y hagas trabajos físicos y sacrificios, si no tienes a Dios siempre en tu mente y la oración ininterrumpida de Jesús en tu corazón, jamás te librarás de los malos pensamientos y siempre estarás dispuesto a caer en pecado por el motivos más insignificante.” (9) 

Se puede decir que en el clima cristiano de oriente hay un equilibrio entre la espiritualidad individualista y el institucionalismo estéril ya que la vida se hace en la Iglesia, unida a sus clérigos y dogmas y la búsqueda de la santidad implica una verdadera conversión o sea un cambio de mente (lo que en griego seria “metanoia”) y no un formalismo de tipo social o moralista. De aquí se desprende un tema al que hicimos una pequeña alusión que es el de los ascetas y santos, por eso la figura del Staretz, que es el nombre dado a ciertos ermitaños o peregrinos que alcanzan fama y respeto por la santidad de su vida y son acogidos como guías espirituales.

De ellos hay muchísimos ejemplos como el de San Antonio, que en su juventud se entregó a la soledad para tener un contacto más pleno con Dios. Así Antonio pasó a la historia como una de las figuras más importante del monacato de oriente. Otro menos conocido pero no menos interesante es el de Jorge de Transilvania o el “Viejo Jorge”, venerado en Rumania y en el monte Athos. Lo más notable es que fue un peregrino (que hasta llegó a Jerusalén) de vida santa en el siglo XIX y que hoy en día el pueblo lo venera como un santo. Decimos que es notable porque generalmente solemos retrotraer esta clase de santos a tiempos más lejanos y porque vemos que clase de valores tiene aquel pueblo al venerar a un hombre de semejantes características.

Por motivos obvios, no podemos extendernos sobre este tema ya que solo queremos remarcar la importancia de la ascesis y la mística.

En lo que respecta a la teología no daremos una explicación “dogmática” ya que no hace al tema, sin embargo resaltaremos una característica importante del oriente que lo diferencia de occidente, el énfasis que cada uno hace sobre aspectos de un mismo hecho religioso que es la vida Cristo; los occidentales suelen hacer hincapié en la cruz, la pasión y el dolor, en su parte más dramática, en cambio los otros se inclinan más por la encarnación, la unión divino-humana, la iluminación y la transfiguración. En pocas palabras, occidente enfatiza la parte humana de Jesucristo, mientras que oriente, la divina.

En este contexto espiritual es donde surge el icono en su estilo y no por una arbitrariedad del gusto o producto de una fase de la “evolución”, como sostienen buena parte de los historiadores del arte que en su mente parecen analizar todo bajo la visión de la Grecia post-aristotélica y del renacimiento, en donde el “realismo” y los criterios más subjetivos de belleza eran los que contaba para la expresión artística.

Nosotros no hablamos de “evolución” (ya que es un término bastante ambiguo y suele evocar conciente o inconscientemente teorías o ideologías filosóficas) sino de perfeccionamiento material. Como tampoco hablamos de subjetivismo estético sino de genio étnico (nada tiene que ver con el genio que del cual occidente se enorgullece, que es anárquico). Don de lo alto sin duda, que favorece a volcar hábilmente lo que se quiere expresar.

Todo esto no es un capricho nuestro porque, como veremos más abajo, hay reglas canónicas que debe seguir el artista y a su vez estas, obviamente, derivan de la tradición espiritual correspondiente. Muchos objetarían que en este tipo de formas artísticas o litúrgicas pueden verse caracteres étnicos y temporales ( que es cierto), por lo que se legitimaría el derecho de ser “hijos de nuestro tiempo” como pretenden los modernistas, o que los “dioses están pintados a imagen y semejanza de los hombres que los fabrican” como dicen los ateos y agnósticos para justificar sus posturas. A esto respondemos que el hombre, si bien tiene su parte espiritual, se encuentra en esta vida en el mundo material y temporal, por lo que es imposible que estos elementos no estén presentes de una u otra forma. Preguntamos a quienes piensen de esa manera si en verdad aquellos hombres que dieron a luz estas formas de arte sagrado y litúrgico tuvieron la intención de “ser de su tiempo”, o si estuvieron sujetos a una moda (tal como lo entendemos hoy en día). Responderemos entonces, como cualquier historiador bien sabe, que estudiar un hecho sin tener en cuenta la mentalidad de la época y peor aún, estudiarlo según la mentalidad del tiempo de uno, representa un obstáculo de tipo socio-cultural para conocer nuestro objeto de investigación.

De aquí se sigue que no pretendemos idealizar románticamente ningún pasado, sino ver los principios bajo los que actuaron aquellos hombres y precisamente estos “principios” son a los que se los puede tildar de eternos e inmutables, por lo menos a medida que los profundizamos.

La teología oriental dedicó un gran espacio a la espiritualidad de los iconos dando una significación al valor del culto de las imágenes, sin embargo ¿Cómo explicar el uso de imágenes cuando en la Biblia encontramos un supuesto rechazo a las mismas? Un pasaje revelador nos dice que los israelitas oían a Dios pero no lo veían en ninguna figura (ver Deuteronomio 4,12 y 15), por eso podemos afirmar que el icono (que viene del griego eikón, imagen) nació con Cristo, que “es la imagen de Dios invisible” (Colosenses 1,15) por lo tanto el Verbo divino cuando se hizo carne, o sea imagen, es representable. San Juan Damaceno, encarnizado enemigo del iconoclasmo dijo: “Cuando veas a aquel que no tiene cuerpo se hace hombre por ti, entonces podrás hacer una representación de su figura humana”. (10)

Es también totalmente licito representar a los santos, ya que Cristo renovó la naturaleza caída del hombre (por el pecado de Adán), dándole su lugar primordial que es el de imagen y semejanza de Dios.

Los iconos entonces no son simples representaciones o cuadros religiosos que solo se diferencian de cualquier otro retrato por el tema, sino que tienen un valor inmediato de mensaje espiritual. El icono nos invita y nos predispone a la contemplación para que podamos ver con los ojos de nuestro interior su mensaje espiritual, ya que la imagen en “si”, por su naturaleza profunda, permite ir mas allá de los que vemos con nuestra vista, y cuando decimos que “esta obra es bella” (en este contexto) queremos decir que es un soporte adecuado para ver mas allá de los visible y que nos recuerda y actualiza lo que estaba latente en nuestro espíritu.

En otras palabras, la imagen nos pone en contacto con Dios, con las realidades espirituales, cumpliendo la función de una “ventana” que nos lleva hacia mas allá de nuestros limites, hacia lo infinito celestial. Vemos el amor de Dios y sus dones.En palabras del papa San Gregorio Magno: “Una cosa es adorar una imagen; otra es aprender, gracias a la ayuda del símbolo, lo que tenemos que adorar”(11) de esta forma se ilustra que la imagen es un “soporte” sensible, un medio para llegar al fin.

Los occidentales por lo general cuando piensan en el arte cristiano se remiten a la mera función didáctica del mismo, por eso se ha dicho frecuentemente que las imágenes son “la Biblia de los pobres”, destinadas a los analfabetos o los menos educados. Sin embargo esto no puede ser del todo verdad cuando nos referimos a los iconos (y a cualquier otro arte tradicional) ya que los conceptos teológicos abstractos que representan y su canon en la técnica nos hacen ver la diferencia que existe con occidente posterior al renacimiento, en donde predomina el naturalismo y el estilo libre.

En cambio, el arte sacro oriental no pretende innovar, ya que siempre se basa en la fidelidad al “modelo”.

La cuestión del canon que hemos mencionado la podemos ver por ejemplo, en el VIII concilio ecuménico, que dice respecto la doctrina del icono que “no ha sido, en modo alguno, inventada por los pintores, sino que por el contrario, es una tradición confirmada y tradición de la Iglesia”. (12)

Tambien en la historia encontramos ejemplos sobre la cuestión del canon en la representación iconográfica, como en el caso del patriarca Joaquín, que exigió en su testamento que los iconos que se pintasen siempre según los modelos antiguos en contraposición a los modelos latinos o alemanes.

Otro punto es el papel del artista, el cual debía pasar por una preparación espiritual y ascética. Éste realizaba su trabajo bajo las indicaciones de un religioso siguiendo la idea de que el que hace la obra debe tratar de desinflar el ego para poder representar la idea tal como es y no según el capricho de las pasiones. Así el artista deberá hacer uso de su “arte” para ser los más exacto posible.

Un dato no poco importante sobre el artista, es su carácter anónimo en la mayoría de las ocasiones, cosa que contrasta con el exhibicionismo de los artistas modernos.

El pintor respeta el simbolismo vinculado con algunos colores, por ejemplo el rojo y el púrpura son símbolo de lo divino, mientras que el verde y el azul lo son de lo terrestre. Por eso Cristo es representado casi siempre con una túnica púrpura y se la suele mezclar con otra azul para mostrar su filiación divino-humana. En cambio la Madre de Dios, tiene un vestido azul de creatura, mientras que el manto de púrpura recuerda su relación y proximidad con lo divino.

También podemos ver, como ejemplo, que la morfología de los cuerpos representados no suele ser “realista” como las pinturas del renacimiento, ya que no se pretende tal cosa como ya hemos señalado. Asimismo las cabezas de las figuras pueden ser mas grandes en relación al cuerpo al igual que sus ojos, indicando la primacía de lo intelectual y de lo contemplativo, como también la tez de los rostros puede ser algo oscura o morena indicando un estado de transfiguración.

Finalizamos diciendo entonces que nada es arbitrario en los iconos, y el poder profundizar sobre los mismos es una buena oportunidad para entrar en el conocimiento simbólico.

Homero Basilio Reyes

NOTAS:

1. San Basilio el Grande, El Tesoro Espiritual, dir: P. Luís Glinca, Buenos Aires, Lumen, 1993, pag 10

2. Debemos recordar que la Iglesia Ortodoxa y Católica comparten los siete primeros concilios ecuménicos y tuvieron comunión entre sí hasta la separación que se produjo en el año 1054. Debemos también aclarar que también existen concilios locales.

3. La Filocalia es una recopilación de los textos más representativos de la tradición hesicasta, realizada en el siglo XVII por San Nicodemo el Hagiorita y el metropolitano Marcio de Corinto. Dicho conjunto de escritos son un “clásico” dentro del mundo ortodoxo, en lo que se refiere a ascética y espiritualidad.

4. Cita de: Dumitru Staniloaë, Oración de Jesús y Experiencia del Espíritu Santo, Madrid, Nancea, pag 100

5. Op cit pag 18

6. Entendemos por oración a la elevación de la mente a Dios; tanto esta oración como cualquier otra puede hacerse mentalmente, sin utilizar la voz; otro dato interesante sobre la técnica, es que también puede acompañarse con ejercicios de respiración. La “oración del corazón” tiene gran importancia en el mundo Ortodoxo porque posee el nombre de Cristo. Por otro lado, nos parece sorprendente que al leer literatura espiritual Ortodoxa, notemos que de una corta frase, se pueda sacar mucho; sin embargo esto no es raro en la mentalidad Oriental, sea cristiana o no.

7. Arte de la Oración, Compilación efectuada por: el Higúmero Chariton de Valamo, Buenos Aires, Lumen, 2005, pag 99

8. Relatos de un Peregrino Ruso a su padre espiritual (anónimo), Buenos Aires, Editorial Troquel,1997. pag 64 a 66

9. Op cit pag 66

10. Citado de :Sor María Donadeo, El Icono Imagen de lo invisible, Madrid, Nancea, pag 16

11. P.L. Glinca, La Madre Dios en los Iconos Bizantino-Eslavos, Buenos Aires, Lumen, 1991, pag 11

12. Citado de : Frithjof Schuon, Castas y Razas seguido de Criterios del Arte Universal, Barcelona, José J. de Olañeta, pag 59

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